[ROLEO] Producto de mi aburrimiento.

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[ROLEO] Producto de mi aburrimiento.

Mensaje por Defiance el Dom Jun 22, 2014 2:06 pm

PRÓLOGO


El amanecer era un fantasma distante en el manto oscuro estrellado. Baran contempló la luna con gesto confuso. Sus dedos de brillo prístino blanquecino acariciaban suavemente el rostro del acantilado. «Es como el aullido de un lobo-pensó, mientras su rostro brillaba con luz blanca-. Distante, pero a la vez tan próximo...» Un escalofrío recorrió su cuerpo. Se obligó a calmarse y a apartar la vista del cielo. El sonido del mar chocando contra el lecho rocoso era constante e incansable, como si el oleaje fuese el latido de la piedra. Aquello lo tranquilizó un poco, aunque en su fuero interno todavía acechaba la preocupación. Decidió que salir a dar un paseo sería lo mejor. Se echó entorno a los hombros una capa azul celeste, con el emblema de la Orden Jedi bordado en blanco, y salió al exterior. Lo primero que sintió fue el frío del amanecer lejano, aunque mitigado por el calor del fuego y del movimiento de las personas. La calle se extendería varios kilómetros más allá, como un bosque tupido de tenderetes y antorchas de llamas enfurecidas, que titilaban en su lucha contra el viento. Todo hombre o mujer, de cualquier raza, tamaño o edad se movía de un lado para otro. Algunos cargaban sacos, otros recitaban y entonaban discursos que se habían preparado y aprendido de memoria y que describían las características de sus productos. Algunos más desafortunados aguardaban la ocasión para robar algo de comida o cualquier objeto de cierto valor que pudiesen vender más tarde. Si el oleaje era el latido, aquello sin duda era el torrente sanguíneo. Se volvió hacia la grisácea fachada principal del rudimentario local que le habían arrendado, y durante un instante creyó que se hallaba de nuevo ante el ventanal, mirando las estrellas. Inconscientemente se palpó sus túnicas, y en un bolsillo oculto de su cinturón se percató de que había un desconocido bulto, pequeño y circular. Lo sacó del cuero marrón y lo alzó con sus dedos índice y pulgar. Era una moneda. Casi la había olvidado, pero tras un par de segundos examinándola la recordó. Una moneda plateada, ataviada con una espiral serpenteante que rodeaba una H. La había encontrado tirada en el suelo una hora escasa después de aterrizar allí, mientras paseaba por la orilla del mar contemplando el atardecer. Se preguntó si tendría algún significado o algún valor, y si podría comprar algo con ella. Lo cierto es que atisbó un extraño brillo en ella, como si en su lenguaje mudo quisiera decirle algo, pero hizo caso omiso de sus impresiones. Atribuyó aquello al cansancio y se fue a su local a reposar. No obstante, ahora que lo había hecho y la contemplaba nuevamente, sintió la misma sensación que entonces. Cerró el puño entorno al extraño abalorio y y lo guardó en su cinturón. Siguió el camino del mercado durante un buen rato, viendo cómo la gente luchaba y pujaba por comprar objetos cuyo diseño se le antojaba totalmente desconocido. Entre los tenderetes se abría un hueco y tras él un camino, que apenas parecía un surco entre las hierbas crecidas que brillaban verde oscuro a la luz. Baran optó por seguir por allí, por alejarse un poco del tránsito humano y de lo urbano para tener un rato a solas consigo mismo para meditar, pensar, o simplemente volver a mirar arriba. A medida que avanzaba, el camino se hacía cada vez más intransitable. Tenía la sensación de que los árboles se arremolinaban en su derredor, y aquella preocupación que había silenciado el ruido mundano, volvía a aullar dentro de él. Sacudió la cabeza e intentó pensar con frialdad. «Aquí no hay nada», se convenció para sus adentros. Siguió caminando durante varios minutos, y cuando el silbido del viento se tornaba un susurro entre las ramas de los árboles, perdió la noción del tiempo. Cuanto más caminaba, más densa parecía ser tanto la espesura como la negrura que lo rodeaban, y aquel extraño paisaje de sombras siniestras y frío gélido lo obligaba a guiarse mediante la Fuerza y dejar de lado sus sentidos.

Una sombra confundida entre las demás, pero no una sombra ordinaria. Estaba entre dos árboles, agazapada, silenciosa como un gato, aguardando con toda la paciencia del mundo el momento adecuado. Pero allí estaba, y Baran la sintió, y la sombra sin nombre ni rostro también se dio cuenta de aquello. Un haz de luz rojo emergió de un largo brazo negro, y cuando se irguió un par de cabezas más arriba, el joven Jedi se llevó automáticamente la mano a su cinto. Un hueco vacío... Su sable láser no estaba. Maldijo por lo bajo, pero no tuvo tiempo de pensar nada más, porque un instante después, la sombra se abalanzaba sobre él. Baran fue más rápido y se echó a un lado, sosteniendo las manos que sujetaban el mango del sable, y palpó dos dedos huesudos muy largos. Conectó su rodilla derecha el flanco de aquel lo-que-fuera y lo despojó de su arma, lanzándola a un lado. Abrió su mano y empujó mediante la fuerza a su asesino, impactando su esbelto y retorcido cuerpo contra el tronco ancho de un árbol. Se quedó inmóvil en el suelo. Baran se acercó con cautela, esperando un movimiento rápido por parte de su adversario, pero cuando estuvo encima y agarró la túnica oscura, sólo el silencio de la noche respondió a su atrevimiento. A duras penas consiguió divisar la misma H de su moneda encajada con hilo gris en el dorso de la prenda. La alzó rápidamente en el aire, y su gesto se trocó en una extraña mueca de perplejidad.

Efectivamente, como había dicho para sus adentros minutos antes, allí no había nada.
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