[Roleo de Kamparas] In Satus

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[Roleo de Kamparas] In Satus

Mensaje por .Sidhe el Sáb Mar 08, 2014 9:07 pm


Atardecía en Socorro, un remoto planeta de carácter árido localizado en el borde exterior de la galaxia, signo natural que interpretaba la población mercantil para cerrar las puertas de sus comercios y dar paso a un lapso de descanso que aguardaba por una incógnita cercana. En el corazón de uno de los tantos toldos económicos de la aldea reposaba la silueta de los infantes ignorantes del futuro que les deparaba la vida, el destino o quizás... la fuerza. El par de gemelos solía desobedecer las órdenes de su madre y experimentar —o eso excusaban— con las múltiples piezas de mantenimiento droide que abastecían el ingreso económico de la humilde familia.

Poco tiempo después, cuando la oscuridad cayó sin previo atisbo de que los hambrientos de carroña se acercaban, el caos se apoderó de la pequeña muestra socorriana que dormía plácidamente en sus tiendas. Sin embargo, algo perturbaba el sueño de Siin, el menor de los dos gemelos, una terrible pesadilla que... y despertó. Humo, gritos —¡Despierten!—, el sonido de docenas de pies impactando una y otra vez con las cómplices arenas negras del vasto territorio. —¡Arriba!— exclamó nuevamente la quebrada voz de aquella figura maternal. No se trataba de una pesadilla, aquello era real, lo vieron con sus ojos... lo vieron en aquellos ojos. Al abrirlos fueron atravesados sin pudor por una mirada que no habían visto nunca antes; allí donde encontraban la cálida seguridad de quien les dio la vida, en su reemplazo hallaron la desesperación.

—¿¡Qué sucede!? ¡Mamá! ¡Mamá!— la mujer no mostraba señales de prestarles atención, después de levantarlos de la cama con dos pies izquierdos se dispuso a recoger todos los objetos que tenía a su alcance: ropa, provisiones, calzado, un rifle de tipo bláster E-11... ¿Un rifle? ¿Desde cuando había ocultado tan pacífica mujer un arma que los niños jamás habían visto? ¡Ella siempre había estado en contra de las armas! Y siempre le había negado a los críos el ir a practicar al campo de tiro con los hombres de la aldea, pero claramente no había tiempo para preguntas. Una vez empacado todo en el deshilachado bolso de viaje de su difunto padre, los tomó por la muñeca y salió corriendo con ellos de la carpa a toda prisa.




—¡Rápido, todas las mujeres, niños y ancianos diríjanse al refugio!
—¡Bassil, ven con nosotros! —exclamó uno de los dos hermanos mientras corría de la mano de su madre procurando no hundirse en los montículos desérticos.
—¡Nosotros nos haremos cargo, no hay tiem... —las palabras del hombre fueron interrumpidas por el sonido de una detonación y, acto seguido, se desplomó en el suelo oculto por la nube de polvo que levantó su cuerpo al estrellarse contra la arena.
—¡No miren atrás! —ordenó la mujer entre sollozos.


Dos, seis, diez, quince, treinta metros... habían llegado al lugar, lo supieron porque cuando la mujer puso un pie en la arena por poco se hunde, era la arena movediza que ocultaban los conductos de emergencia que conectaban con el refugio subterráneo. —Oona goota?—, los mercenarios rodianos los habían alcanzado, se trataban de colectivos que disponían de armas de alto calibre y se dedicaban a saquear comercios en la zona. —¡Abajo Siin, rápido!— gritó la mujer mientras se abría de brazos frente al par de sucios ladrones, el niño con ojos cristalizados por la anegación de lágrimas se dejó caer en la arena y se hundió. Apenas la mitad de su cuerpo había atravesado la gruesa capa de arena movediza, se produjeron las primeras dos detonaciones: habían tomado la vida de su madre. Su hermano trató forzosamente de arrojarse al conducto, pero la cabeza de Siin aún no había bajado y obstruía el camino. —¡Pium!— ocurrió la tercera y última detonación, dejando como resultado el cadáver de su hermano gemelo tendido sobre el mausoleo azabache de Socorro. Había sucedido, aquella no era la primera ocasión que tenía la cruel pesadilla, pero esta vez la había vivido en su propia carne y no había forma de despertar de la mismísima realidad.



Los refugiados estuvieron alrededor de un mes bajo tierra, hasta que una visita inesperada apareció con buenas nuevas: el gremio de mercenarios había sido eliminado. Se trataba de un sujeto alto, robusto y de pecho ancho que tenía la cabeza enmarcada de forma simétrica por una melena canosa atada en una cola de caballo, vestía un ropaje poco común pero reconocido en toda la galaxia... era un Jedi, y no sólo un Jedi, sino un maestro Jedi: el general Hoth. Su mirada emitía frialdad, no obstante, Siin halló en los ojos del hombre la tan ansiada calma que su espíritu necesitaba, y a la vez el fuego que le daría sentido a su vida desde aquel entonces.

Un año después, en el templo Jedi de Kamparas...

—¡Siin, vamos a clase!
—¡Espérenme, no tardo! —respondió el niño, ahora iniciado Jedi, deteniéndose por un par de segundos ante la baranda que lo separaba de la inmensidad de aquel fructífero planeta. Había encontrado su razón de ser, su rostro no reflejaba tristeza y mucho menos desesperanza, era el rostro de un sobreviviente listo para recibir lo que la galaxia tenía para ofrecer. Él era Siin Hawkeye y algún día se convertiría en un verdadero caballero Jedi para mirar como su igual al hombre que lo rescató de la miseria.


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